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domingo, 3 de enero de 2021

Cine y educación: "La lengua de las mariposas".

    La lengua de las mariposas es un relato de Manuel Rivas que tiene como protagonistas a un niño y a su maestro en el periodo de la II República y el comienzo de la Guerra Civil. Don Gregorio, que así se llamaba el maestro, representa en muchos aspectos a las nuevas pedagogías que buscaban un nuevo modelo de relación no autoritaria entre profesorado y alumnado, una nueva forma de instruir que tenía como referentes, entre otros, al institucionismo y el anarquismo (para saber más, podéis consultar el interesante cuaderno que la Fundación FIES dedicó a La escuela en la II República). 

A continuación, podéis leer un fragmento del relato de Manuel Rivas:  

No, el maestro don Gregorio no pegaba. Por lo contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban en el recreo, los llamaba, «parecen carneros» y hacía que se dieran la mano. Luego, los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como hice mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro rapaz, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y que me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar un gran enfado era el silencio. «Si ustedes no se callan, tendré que callar yo». Y iba cara al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, desasosegante, como si nos dejara abandonados en un extraño país. Sentí pronto que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que tocaba era un cuento atrapante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y el sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía sentido. La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomo de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras. Hacíamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribimos cancioneros de amor en Provenza y en el mar de Vigo. Construimos el Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de América. Y a América emigramos cuando vino la peste de la patata. «Las patatas vinieron de América», le dije a mi madre en el almuerzo, cuando dejó el plato delante mío. «¡Que iban a venir de América! Siempre hubo patatas», sentenció ella. «No. Antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz». Era la primera vez que tenía clara la sensación de que, gracias al maestro, sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, los padres, desconocían. Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con azúcar y cultivaban hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores su nido con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra. 

    Este relato dio título a una película de José Luis Cuerda de la que puedes ver el siguiente fragmento (Fernando Fernán-Gómez hace el papel del maestro):

sábado, 12 de noviembre de 2011

Educar con humor

    En la clase de francés a la que asisto como alumno hay un profesor auxiliar nativo que siempre tiene una media sonrisa en la cara, que cuando entra en clase nos saluda, nos pregunta cualquier tontería y que parece tenernos predispuestos desde el comienzo de clase a reírnos con cualquier comentario. Es una buena manera de relajar la clase para poder trabajar más a gusto.
    El modelo contrario es el de quien empieza ordenando el trabajo y mencionando desde el comienzo lo que va a entrar en el examen, cómo prepararlo, etc. Si uno estudia solamente para aprobar un examen hace que si no lo superas cualquier esfuerzo realizado no haya valido la prueba.
    Olvidamos que estamos para aprender juntos, no para superar exámenes (¡explíquenle eso al profesorado y alumnado de 2ª de bachillerato!).
    Estudiar para muchos alumnos no se identifica propiamente con aprender sino con superar fastidiosos exámenes y trabajos, encadenarse a un proceso en el que apenas participan más que como resistentes. Una alumna de 4º de E.S.O., Sonia, escribía hace unos días en un trabajo, respondiendo a la cuestión de cuáles eran para ella las cuestiones más importantes, que le preocupaba mucho lo que pudiera haber después de la muerte, y especialmente saber si, en el caso de que hubiera otra vida, tendría que volver a estudiar lo que ya había estudiado en la anterior. Cuando le pregunté por qué había puesto esto, me dijo que porque no le gustaba nada estudiar.
    El escritor Manuel Rivas comentaba hace tiempo en una entrevista, tras una charla en un Instituto, que le había parecido una experiencia muy interesante, que les había comentado a los alumnos la suerte de poder estar en un lugar donde sólo se le pide una cosa al que asiste: que quiera aprender. Ya sabemos que no es tan sencillo el asunto, pero no deberíamos olvidar para lo que realmente estamos aquí, y es para eso, para aprender juntos. Y, a ser posible, con buen humor, sin prisas, sin rígidos programas y objetivos preestablecidos.