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jueves, 8 de septiembre de 2022

Distopías. Cambios tecnológicos y modos de vida.

  

Los Supersónicos (cuyo título original es The Jetsons) es una serie animada creada en 1962. Fue el primer programa de la cadena estadounidense ABC emitido en color. Los Supersónicos se encuentran en el año 2062 donde viven en casas suspendidas en el aire mediante enormes soportes y se transportan en aeroautos. A pesar de ello, alguna de la tecnología futurista que presentaba ya nos suenan familiares (robots domésticos, vídeo-chats, pantallas planas...). Lo que parece escapar a la imaginación futurista de la serie es la capacidad de cambiar algunas relaciones sociales o laborales. El padre de este modelo de familia de clase media del futuro aparece como el proveedor principal (la madre trabaja en la casa) y desempeña un típico trabajo de hombre de oficina sometido a la arbitrariedad y mal humor de su jefe. Los hijos también se desplazan a centros educativos muy semejantes a los de la época de la serie, pero con profesores robóticos. El efecto de la tecnología parece, pues, no afectar sustancialmente al modo de vida de esta familia. Los Supersónicos viven en un lugar donde la colonización del espacio es ya un hecho. La vida fuera de nuestro planeta se muestra como una realidad cuyas causas no son nunca explicadas en la serie.

 

Para saber más: https://www.smithsonianmag.com/history/the-jetsons-get-schooled-robot-teachers-in-the-21st-century-classroom-11797516/

domingo, 3 de octubre de 2021

Tecnología, lenguaje y enseñanza. Alfons Garrigós.

 

"Ejerzo de maestro en una cultura letrada, esto es, en una cultura que ha aprendido a conservar por escrito sus intuiciones más brillantes y preñadas de sentido, en la cual nuestros recuerdos nos asaltan como palabras que se escriben en nuestra memoria, no como fórmulas que se apoyan en un esquema rítmico; una cultura en la que para dialogar y para ordenar nuestros pensamientos recurrimos al silencio de la escritura. Como enseñante he tenido que preguntarme qué puedo ofrecer a mis alumnos. De momento, he llegado a la conclusión de que podría ayudarles a leer bien y a escuchar, esto es, a prestar atención a lo que leen. 

        (...) El maestro no ejerce de erudito. Procura dirigir su atención y la de sus alumnos a las                     cuestiones que podríamos llamar fundamentales.

(...)El cometido del enseñante consistiría en entrenar a su alumno para que pueda prestar atención y, disculpen por este final tan poco preciso, guardar en su corazón, esto es, recordar, la verdad, en muchos casos polémica, de su objeto de estudio".

Alfons Garrigós, "Tecnología, lenguaje y enseñanza: Juan de Mairena y la realidad virtual", Mientras Tanto, nº 68/69 (1997), pp. 149-165.

    El paso desde la escritura a la telemática está produciendo cambios en la enseñanza. Alfons Garrigós advierte en el artículo citado arriba contra la "mitología de la información" que pone en peligro dos habilidades básicas en la enseñanza: la lectura y la atención. Es esta nueva mentalidad (no el uso de los ordenadores) la que confunde la distribución de información con la habilidad de conocer y emprender una acción, la enseñanza con el adiestramiento en gestionar esa información. Como señala Garrigós, "leer no es obtener información, de la misma manera que un texto no es una serie de datos", manejar datos "exige una atención y una memoria distintas a las que exige la lectura de un texto". La información se produce y a la vez caduca sin parar, en un flujo que muchas veces impide la atención y la reflexión: "Nuestra respuesta debe ser rápida y ajustada a fin de que la circulación no se detenga".

La insistencia de la Administración educativa en potenciar las competencias digitales del profesorado y del alumnado no debe descuidar otras "competencias", la oral y la escrita, que permitan conservar lo mejor de ambas culturas.

domingo, 3 de enero de 2021

El profesorado ante la crisis. La estandarización del trabajo docente.

     En el contexto de la “restauración conservadora” de la década de los 80 (la era de Reagan, Thatcher y el auge del neoliberalismo económico), Michael W. Apple (Maestros y textos, Paidós/M.E.C., Barcelona, 1989) ya señalaba que la mayoría de los educadores respondían a estas transformaciones económicas, políticas y culturales de una manera particular: las ignoraban. Parecían percibir a la educación como “un proceso psicológico, íntegramente abarcado por el discurso del aprendizaje”. 

    También en la actualidad, el profesorado no parece ver la educación como el resultado de conflictos económicos, políticos y culturales producidos históricamente, sino que la colocan en un compartimento estanco que impide entender su significado social. Orientada desde un discurso psicológico acrítico, la escuela parece haber perdido sus conexiones con los debates éticos y políticos de nuestro tiempo, más preocupada por adaptarse a las “necesidades económicas”, y a sus requerimientos tecnológicos, tal como las definen los sectores dominantes. Ante situaciones de crisis económica como la actual seguimos escuchando la misma cantinela que denunciaba Apple en 1986: “No alteréis la economía; simplemente cambiad las escuelas, de modo que el árbitro último del contenido del currículum y las prácticas docentes sea un conjunto de necesidades definidas más o menos por el capital” (p. 27). El causante del paro, la pobreza y la desigualdad ya no es el actual sistema económico, sino la falta de preparación técnica y de una “cultura del esfuerzo” en nuestros estudiantes, la falta de formación del profesorado, y otros males de la educación. 

    Por otro lado, como comentábamos en la nota anterior, el neoliberalismo producirá una proletarización y una pérdida de cualificación y autonomía entre los trabajadores (y, entre ellos, también los docentes). Desde la aplicación al proceso de trabajo de criterios económicos de “calidad”, racionalización y estandarización, se disminuye el control de los trabajadores sobre el tiempo, sobre la definición adecuada de las maneras de realizar una tarea y sobre los criterios para establecer rendimientos aceptables. 

    Los intentos de racionalizar todos los aspectos posibles del trabajo conducen a una intensificación del mismo, lo que se convierte en un medio de destruir la sociabilidad de los trabajadores no manuales. Cada vez más cosas que hacer y menos tiempo para hacerlas. El ocio y el autogobierno tienden a desaparecer y aumenta el riesgo de aislamiento del profesorado dentro de su aula. La invasión de los procedimientos de control técnico del currículum en las escuelas llevará a la escisión entre concepción y ejecución del proceso de trabajo docente. Las habilidades adquiridas con la experiencia se atomizan, se redefinen y se adecúan a criterios productivos para aumentar la eficiencia y el control del proceso de trabajo. El profesorado se verá así impulsado a disminuir su responsabilidad en el diseño de los propios currícula (para eso ya están los libros de texto y los “expertos”), y a reforzar su responsabilidad en las preocupaciones técnicas y de gestión, entendida como un símbolo de un creciente “profesionalismo”. 

    La instrucción aparece basada en las “competencias” y los currícula prefabricados, la gestión mediante objetivos (Plan de Calidad)... Pero se producen también resistencias que no se pueden reducir únicamente a las inercias, al inmovilismo o corporativismo del cuerpo docente. El profesorado, como señala Apple cambia en ocasiones los objetivos impuestos cuando no comprende su pertinencia, se resiste a la intensificación (buscando espacios para actividades de ritmo más lento), o interrumpe la “tarea” para dedicarse a relajadas discusiones con los estudiantes sobre temas de su propia elección.  

    En el proceso de trabajo del profesorado existen dos elementos materiales importantes cuyo generalización está condicionando fuertemente el aprendizaje: los libros de texto y las nuevas tecnologías. La gratuidad de los libros de texto y la extensión de las aulas TIC se han impuesto sin un debate crítico y han convertido a la escuela en un mercado lucrativo, abriéndola a las mercancías industriales de producción masiva. Respecto a los libros de texto, sería conveniente analizar las fuentes económicas, políticas y económicas de su producción, distribución y recepción. En nuestro país, por ejemplo, las escuelas católicas están vinculadas con sus propias editoriales; y el campo editorial ha encontrado dificultades en estandarizar el contenido de algunas asignaturas polémicas como la Educación para la Ciudadanía. Recientemente, una compañera que colaboró en el elaboración de un libro de texto de lengua y literatura me señalaba que la editorial le había “censurado” la introducción de algunos temas y autores porque no entraban en la consensuada “estandarización” del contenido de la materia. Por otro lado, como comenta Apple, “es decisivo que cuando se introduzca la tecnología en la escuela, los estudiantes posean una comprensión seria de los problemas que giran en torno a sus amplios efectos sociales: ¿Dónde se usan los ordenadores? ¿Por qué se usan? ¿Que necesita realmente la gente saber para utilizarlos? ¿Mejora el ordenador la calidad de vida de alguien? ¿De quién? ¿Perjudica la vida de alguien? ¿De quién? ¿Quién decide cuándo y dónde deben usarse los ordenadores?”. 

    En general, los debates educacionales se limitan cada vez más a cuestiones técnicas. Las cuestiones relativas al “cómo” han sustituido a las relativas al “por qué”, desplazando las preocupaciones por un currículum democrático, por la autonomía del maestro y la igualdad de clase, sexo y raza: “Cuanto más transforma la nueva tecnología el aula en su propia imagen, tanto más una nueva lógica sustituye a la comprensión crítica, sea política, sea ética. El discurso del aula se centrará más en la práctica, y menos en el contenido” (p. 168). Como también señala Apple:

“Antes de entregar las escuelas a las exigencias de la nueva tecnología y las corporaciones, hemos de estar muy seguros de que nos beneficiará a todos, y no primordialmente a quienes ya detentan el poder económico y cultural. Esto exige una continua discusión democrática, y no una decisión tomada a toda prisa bajo la presión económica y política que hoy se ejerce sobre las escuelas” (p. 158). 

    Hay que evitar la atropellada obsesión por emplear el ordenador en todas las áreas de contenido: 

“En nuestra sociedad, la tecnología se contempla como un proceso autónomo. Se la aísla y se la considera como si tuviera vida propia, independencia de las intenciones, el poder y el privilegio sociales. Examinamos la tecnología como si se tratara de algo en constante cambio, algo que cambia incesantemente nuestra vida en la escuela y en otros sitios. Esto, por supuesto, es en parte verdad, y es bueno hasta cierto punto. Sin embargo, al centrarnos en lo que cambia y en el cambio, podemos dejar de preguntarnos qué relaciones permanecen idénticas. Entre las más importantes de esas relaciones se encuentran los conjuntos de desigualdades culturales y económicas que dominan incluso sociedades como la nuestra” (p. 149). 

    Sin negar la posibilidad de un uso crítico y transformador de las nuevas tecnologías, también deberíamos estar atentos a factores como su alto costo (lo que puede ir en detrimento de programas para los más desfavorecidos), la dependencia respecto del software prefabricado (y generalmente de baja calidad), o la utilización automática, mecánica y relativamente de bajo nivel que prevalece en la escuela de clase obrera, frente a la habilidad de programar y un uso creativo en las escuelas de los sectores sociales más favorecidos.

sábado, 17 de febrero de 2018

Sobre los clásicos, la escuela y el arte de vivir.

Hemos extraído algunos fragmentos, sobre la gestión empresarial y burocrática de la escuela italiana (y europea), del interesante libro del profesor italiano Nuccio Ordine "Clásicos para la vida", Acantilado, 2017 (disponible en nuestra biblioteca):

Contra la centralidad desproporcionada de la didáctica y el descuido de las disciplinas.
"Un conocimiento de mera antología no basta; como tampoco basta el estudio de  la didáctica, que, en las últimas décadas, ha asumido una centralidad desproporcionada: dicho sea con el permiso de las pedagogías hegemónicas, el conocimiento de la disciplina es lo primero y constituye la condición esencial. Si no se domina esa literatura específica, ningún manual que enseñe a enseñar ayudará a preparar una buena clase". (p. 17)

"La buena escuela no la hacen las "tablets" ni los programas digitales, ni los directores con ínfulas de manager, sino los buenos profesores". (Y los buenos alumnos añadiríamos nosotros)
"Hoy continúa prevaleciendo la idea de que las tecnologías digitales hacen de la escuela una "escuela moderna". (...) En un momento histórico de progresivo recorte de recursos para la escuela y la universidad, destinar sumas importantes a la "escuela digital" -y a las continuas actualizaciones y renovaciones de los instrumentos tecnológicos requeridas para seguir el ritmo de las rapidísimas innovaciones del mercado (que vuelven en poco tiempo obsoleta, y a menudo inutilizable, gran parte de los materiales adquiridos)- significa automáticamente dejar caer en el vacío otros posibles caminos". (p. 24)

Sobre la gestión empresarial de las escuelas de hoy.
"Bajo la promesa de una inmediata inserción en el mundo laboral, el diseño de los currículos escolares puede verse fuertemente condicionado por los aspectos "profesionalizadores" de la formación. (...) La rapidez de las mutaciones que hoy afectan al complejo mecanismo de los intercambios económicos es tanta que no es posible adaptar con la misma celeridad los currículos escolares. La formación requiere plazos largos. Orientarla exclusivamente pir las presuntas ofertas del mundo laboral es perder de antemano la partida". (p. 17)
"El acto mismo de la enseñanza puede revelarse, en efecto, como una forma de resistencia a las leyes del mercado y del beneficio... (En la educación) se da vida a un proceso virtuoso en el cual se enriquece al mismo tiempo quien recibe y quien da" (p. 37).

La burocratización creciente del trabajo del profesorado.
"La fiebre empresarial ha burocratizado el trabajo de los profesores. La insensata multiplicación de reuniones e informes -para ilustrar al detalle programaciones, objetivos, proyectos, itinerarios, talleres...- ha acabado por absorber buena parte de las energías de los profesores, transformando la legítima exigencia organizativa en una nociva hipertrofia de controles administrativos. (...) Suministrar documentación, en efecto, parece hoy más importante que preparar una clase. Se olvida que un buen docente es ante todo un estudiante infatigable". (p. 34)

Sobre los sistemas de evaluación de las escuelas.
" Si en una escuela del Véneto un profesor es capaz de hacer entender a sus alumnos que ofender a un inmigrante o a un ministro de la República por el color de su piel es una gravísima manifestación de racismo e ignorancia, si un profesor de una escuela de Calabria o de Sicilia es capaz de hacer entender a us alumnos que no puede considerarse un "hombre de honor" al mafioso que trafica con cocaína o que extorsiona a los comerciantes, si un profesor de una escuela de Emilia Romaña  o de Lombardía es capaz de hacer entender a sus alumnos que un ejecutivo que rapiña los presupuestos de su empresa para hinchar ilícitamente sus cuentas ocultas en paraísos fiscales es un peligroso delincuente porque pone en peligro el futuro de miles de familias; si un profesor de una escuela del Lazio es capaz de hacer entender a sus alumnos que profanar un cementerio judío con consignas que exaltan a Hitler es una acción indigna de un ser humano..., pues bien, estos notables resultados no tienen cabida en los cuestionarios del Invalsi (Istituto Nazionale per la Valutazione del Sistema dell'Istruzione) para "medir" el trabajo desarrollado en las escuelas". (pp. 35-36).


sábado, 21 de octubre de 2017

La educación que diseña Silicon Valley, Google y Facebook.

La educación que diseña Silicon Valley y que transformará el futuro

Las empresas tecnológicas más poderosas del mundo comienzan a experimentar con métodos pedagógicos en los que los docentes son redundantes y la obtención de datos el principal fin de todo el sistema educativo. 
 
Ekaitz Cancela, publicado 2017-10-13 06:00:00
El Salto Diario, 

jueves, 12 de octubre de 2017

«Avec l’école numérique, nous allons élever nos enfants "hors-sol", comme des tomates»

Interview

Philippe Bihouix : «Avec l’école numérique, nous allons élever nos enfants "hors-sol", comme des tomates»

Libération. Par Noémie Rousseau, Dessin Sylvie Serprix —
Conformément au plan numérique pour l’éducation, lancé en mai 2015 par François Hollande, 175 000 collégiens et écoliers ont fait leur rentrée avec une tablette. Grâce à des «méthodes d’apprentissage innovantes», il promet de «favoriser la réussite scolaire», de «former des citoyens responsables et autonomes», de «préparer aux emplois digitaux de demain». Voilà un siècle que des technologies toujours plus en pointe se succèdent dans les classes, promettant inlassablement de révolutionner l’école.
Dans Le Désastre de l'école numérique, Philippe Bihouix et Karine Mauvilly dénoncent les mensonges du discours dominant qui fait du numérique "un graal consistant à doubler chaque être humain d'une machine".
Quels citoyens l’école numérique forme-t-elle?
On n’apprend plus de leçons par cœur, mais on accepte de sous-traiter sa connaissance et sa culture aux moteurs de recherche. Les promoteurs du numérique parlent de «faire tomber les murs de l’école», d’«habiter le monde». Mais avant, il faut peut-être partir d’une base stable, d’une connaissance solide, commencer par comprendre son territoire. L’école numérique, c’est un projet de déconnexion toujours plus grande de l’homme d’avec son milieu naturel. Nous allons élever des enfants «hors-sol», comme nos tomates insipides! Avec le numérique, on ne promeut plus l’effort : face au découragement, l’école doit devenir ludique, gamifiée, l’enseignement doit être fun, les profs sympas. On ne laisse plus de place au hasard, à l’ennui, à l’apprentissage de la patience, de la lenteur, de la réflexion : tout doit devenir rapide, efficace, on veut tout, et tout de suite. L’école doit se consommer, comme le reste. Et tant pis pour les futurs poètes que l’ennui guidait parfois vers le ballet des feuilles d’automne. L’école moderne doit former des managers ou des chauffeurs «uberisés», pas des poètes.